lunes, 7 de abril de 2008

Los prometeos 2


Más atrás, aunque en un diferente plano mitológico, Yavé Schopenhauer, un Dios paternalista y chicatero, crea un paraíso para subnormales. Un hombre y una mujer viven en esa casa de muñecas, más vacíos que la cabeza de un play-móvil hasta que, provista la oportunidad, la mujer se atreve a exigir para sí la ciencia del conocimiento del bien y del mal.

En pago por liberarnos de esa pesadilla Ibseniana, durante las siguientes decenas de miles de años las descendientes de Eva serían tratadas más o menos como lavadoras con patas.

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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007