
Mil años atrás en la era clásica. Los viejos dioses aún no eran lo suficientemente egoístas para declararse únicos, pero eso sí, eran bastante tacaños. Habían inventado todo, desde el éter hasta el sexo oral, y se sentían, en resumidas cuentas, que el universo no los merecía. Los tenía particularmente ofendidos de que la humanidad tuviera acceso a sus invenciones; es por eso que Zeus Ortega y Gasset, el famoso padre Io, reservaba algunas de las más interesantes para uso exclusivo del ejército olímpico y la fuerza angélica.
Había, sin embargo, un inmortal autocrítico que no estaba de acuerdo con esa situación; así que, después de demostrar que Zeus tenía la inteligencia del eslabón perdido, robó el fuego delante de sus tonantes narices y se lo regaló a la humanidad, en la esperanza de que, gracias a él, ésta prosperara.
En castigo a su osadía, Prometeo fue encadenado a una roca y se le condenó a la destripación crónica.
La humanidad, ya dueña del fuego, no tardó mucho en inventar el revólver y los misiles Scud...
Había, sin embargo, un inmortal autocrítico que no estaba de acuerdo con esa situación; así que, después de demostrar que Zeus tenía la inteligencia del eslabón perdido, robó el fuego delante de sus tonantes narices y se lo regaló a la humanidad, en la esperanza de que, gracias a él, ésta prosperara.
En castigo a su osadía, Prometeo fue encadenado a una roca y se le condenó a la destripación crónica.
La humanidad, ya dueña del fuego, no tardó mucho en inventar el revólver y los misiles Scud...

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