lunes, 7 de abril de 2008

Los prometeos 1


Mil años atrás en la era clásica. Los viejos dioses aún no eran lo suficientemente egoístas para declararse únicos, pero eso sí, eran bastante tacaños. Habían inventado todo, desde el éter hasta el sexo oral, y se sentían, en resumidas cuentas, que el universo no los merecía. Los tenía particularmente ofendidos de que la humanidad tuviera acceso a sus invenciones; es por eso que Zeus Ortega y Gasset, el famoso padre Io, reservaba algunas de las más interesantes para uso exclusivo del ejército olímpico y la fuerza angélica.

Había, sin embargo, un inmortal autocrítico que no estaba de acuerdo con esa situación; así que, después de demostrar que Zeus tenía la inteligencia del eslabón perdido, robó el fuego delante de sus tonantes narices y se lo regaló a la humanidad, en la esperanza de que, gracias a él, ésta prosperara.

En castigo a su osadía, Prometeo fue encadenado a una roca y se le condenó a la destripación crónica.

La humanidad, ya dueña del fuego, no tardó mucho en inventar el revólver y los misiles Scud...

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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007