De lo anteriormente expuesto, podemos concluir que una definición de terrorismo, acorde al uso que se le da en los medios de comunicación, requiere de un componente tecnológico. Incluyendo éste último, la nueva definición podría quedar de la siguiente manera:
"acto [...] destinado a causar la muerte o lesiones corporales graves a un civil o a un no combatiente, siempre y cuando se cometa sin la ayuda de una computadora."
Y entonces sí, ya pueden Rubén y Benjamín bombardear alegremente a Ahmed y a Aziz, a bordo de sus F15’s, utilizando bombas inteligentes, de preferencia, sin peligro de compartir con ellos el mote de terroristas.
Que es así como llamaremos a cualquier barbón que se acerque a cien pasos de una mezquita, al menos mientras sigamos dependiendo de las agencias norteamericanas, verdaderos monopolios de la información internacional, para alimentar nuestra percepción de lo que pasa en el mundo. Vale.
miércoles, 30 de enero de 2008
martes, 29 de enero de 2008
Terrorismo y Dependencia 2
Terrorismo: Cualquier acto [...] destinado a causar la muerte o lesiones corporales graves a un civil o a un no combatiente, cuando el propósito de dicho acto, por su naturaleza o contexto, sea intimidar a una población u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar una acción o abstenerse de hacerla. (ONU, 2004)
Luego entonces, Ahmed y Aziz pueden ser llamados terroristas, y seguirán siendo considerados tales en tanto no añadan a sus cohetes miAlegría un dispositivo de navegación capaz de encontrar la chimenea de la casa donde vive Ehud Barak. Mientras eso no suceda, la totalidad de la población israelí corre el grave peligro de morir de risa en caso de avistar alguno de los citados armatostes; tanto así dan pena ó, como diría Germán Dehesa, “matan del puro fierrazo”. Pero bueno, son actos destinados a causar la muerte o lesiones graves a un civil o a un no combatiente, con el propósito de obligar a un gobierno a realizar una acción o a abstenerse de hacerla. Qué decir, sin embargo, de los aviones israelíes que constantemente patrullan la franja de Gaza a velocidades supersónicas, o de las bombas que tiran en medio de las peregrinaciones y los funerales, ¿son atentados terroristas? De ninguna manera. Son, a decir de la comunidad occidental, ataques quirúrgicos, aunque, lo que es a mí, no me presenten a ese cirujano, que parece que, en vez de bisturí, trabaja con un hacha.
lunes, 28 de enero de 2008
Sobre Terrorismo y Dependencia Informativa
terrorismo.
1. m. Dominación por el terror.
2. m. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.
La definición es del Diccionario de la Real Academia Española; académicamente exacta, pragmáticamente inaplicable. De acuerdo con ella, la conducta de mi madre cuando, paleta en mano, me perseguía por la casa después de alguna travesura, califica como acto terrorista.
Que era una sucesión de actos es indiscutible, conformado a saber por: A) un insulto —¡Ahora sí, aborto de play-movil, ya la hiciste buena! —, seguido de B) una amenaza —¡Te acabas de ganar un masaje reconstructivo en las nalgas! —, todo lo cual culminaba indefectiblemente con C) la aplicación inmisericorde de la acción disciplinaria, que era así como la llamaba ella —¡esto me duele más a mi que a ti! —, que después del conejo de pascua y la castidad de Norberto Rivera se me hace la mentira más grande del mundo. Todo esto con el objetivo de infundir terror en el perseguido, —¡presente!— con el fin muy reprobable (que finalmente se salió con la suya en eso) de educarme para hacer de mi un ciudadano respetable. Afortunadamente para mi madre, los tratados internacionales no contemplan el criterio de la Real Academia Española, y pese a mi fantasía de verla comparecer ante el tribunal de La Haya, es bajo otras definiciones con las que Israel y Estados Unidos persiguen a Hamed y a Aziz, les tiran bombas y les apagan la luz, so pretexto de que estos chicuelos acostumbran arrojar por encima de la barda del vecino peligrosos artefactos explosivos hechos con papel aluminio, chicle bombita, un verso yucateco y media docena de palomitas —de las triangulares, de periódico— hechas en China. ¿Qué tiene que ver esto con la Comunicación, las teorías de Dependencia y las Tecnologías de Información? No se pierda el próximo capítulo etc... etc...
1. m. Dominación por el terror.
2. m. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.
La definición es del Diccionario de la Real Academia Española; académicamente exacta, pragmáticamente inaplicable. De acuerdo con ella, la conducta de mi madre cuando, paleta en mano, me perseguía por la casa después de alguna travesura, califica como acto terrorista.
Que era una sucesión de actos es indiscutible, conformado a saber por: A) un insulto —¡Ahora sí, aborto de play-movil, ya la hiciste buena! —, seguido de B) una amenaza —¡Te acabas de ganar un masaje reconstructivo en las nalgas! —, todo lo cual culminaba indefectiblemente con C) la aplicación inmisericorde de la acción disciplinaria, que era así como la llamaba ella —¡esto me duele más a mi que a ti! —, que después del conejo de pascua y la castidad de Norberto Rivera se me hace la mentira más grande del mundo. Todo esto con el objetivo de infundir terror en el perseguido, —¡presente!— con el fin muy reprobable (que finalmente se salió con la suya en eso) de educarme para hacer de mi un ciudadano respetable. Afortunadamente para mi madre, los tratados internacionales no contemplan el criterio de la Real Academia Española, y pese a mi fantasía de verla comparecer ante el tribunal de La Haya, es bajo otras definiciones con las que Israel y Estados Unidos persiguen a Hamed y a Aziz, les tiran bombas y les apagan la luz, so pretexto de que estos chicuelos acostumbran arrojar por encima de la barda del vecino peligrosos artefactos explosivos hechos con papel aluminio, chicle bombita, un verso yucateco y media docena de palomitas —de las triangulares, de periódico— hechas en China. ¿Qué tiene que ver esto con la Comunicación, las teorías de Dependencia y las Tecnologías de Información? No se pierda el próximo capítulo etc... etc...
miércoles, 23 de enero de 2008
Ahi vienen los hombres grises.
Pónganse a jalar - Frase popular regiomontana.
Pónganse a jalar (a trabajar, para los que no están familiarizados con este dialecto que ha dado en llamarse “regioñol”). Esta frase, por sí sola, resume la cosmovisión entera de la cultura post-moderna. Se trata, en primer término, de evitar el ocio. Porque el Ocio, conduce al Pensamiento; el Pensamiento a la Utopía; y la Utopía a la Desdicha. Jalar, por otro lado, aún así se haga sin propósito, sólo puede producir riqueza y la riqueza, progreso, y el progreso, riqueza. No debemos, pues, perder el tiempo pensando. Por el contrario, la post-modernidad nos compele a ahorrarlo de la siguiente manera:
“—Se trata, simplemente, de trabajar más deprisa y dejar de lado todo lo inútil.” (Ende, 1973)
Trabajar más deprisa, ser más competitivos, aprender inglés, francés, computación, ¡y chino! —porque hay que ver como vienen los chinos,— subirnos al tren de la mundialización y ponernos a palear carbón en su caldera sin preguntar a dónde nos lleva.
Hay un problema, sin embargo, y es que en este tren nunca van a faltar niños que empiecen con su consabido: ¿Ya llegamos? Desatándose con este sencillo reclamo otro cuestionamiento: ¿Teníamos que llegar?, ¿a dónde? Que a su vez provoca una cascada de conflictos existenciales cuya repercusión conductual más obvia es una huelga de carboneros: —¡Me niego a echar más leña hasta que me digan a dónde carajos vamos!
Y es así como la filosofía se interpone en el camino de la post-modernidad, —y a decir de sus teóricos triunfalistas, del paraíso— por la sencilla razón de que el hombre no puede prescindir de las metanarrativas. Necesita un destino, una historia épica que confirme su razón de ser: acabar con el imperio, destruir el anillo, encontrar el grial, derribar a los gigantes aunque sólo sean molinos... se necesita una historia y, para tal efecto, la post-modernidad ha creado sus propias metanarrativas, más concretas, más específicas, que los políticos se encargan de difundir con singular alegría.
Tres de estas metanarrativas se destacan como los relatos preferidos del momento:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Que, sacadas de la novela de Orwell y llevadas a la pantalla chica, también podrían nombrarse como:
COMBATE AL TERRORISMO
LIBRE MERCADO
Y
FREE FLOW OF INFORMATION
Las cuales, según sus defensores, no son sino acciones concretas para eliminar los últimos obstáculos que se oponen al progreso post-moderno.
Si usted quiere colaborar con este progreso su labor es muy sencilla: ahorre tiempo. No lo gaste pensando ni escribiendo babosadas, —como ésta— ni leyendo ni soñando. Trabaje intensamente y compre muchas cosas —eso reactiva la economía.— Asegúrese de tener el último gadget y de ir bien vestido; será dueño del futuro y vivirá mejor. Quizá llegue a vivir en una ciudad donde el ruido sea airado y pesimista; quizá llegue a odiar su trabajo y a sus niños, —tanto, que los mandará a un centro de estimulación temprana y estudiarán inglés, violín, taekwondo, y robótica desde los tres años, para que sean tan competitivos como usted— quizá su cara se vuelva desagradable y sus ojos antipáticos; pero usted habrá vivido la vida de verdad, habrá contribuído, nada menos, a construir el paraíso consumista de las siguientes generaciones. Antes de tomar esa decisión, sin embargo—la de ahorrar tiempo— , piense en lo siguiente:
Que el tiempo es vida
y la vida reside en el corazón
y cuanto más ahorre de esto la gente, menos tendrá (Ende, 1973).
Y si aún así quiere entrarle... pues póngase a jalar.
Pónganse a jalar (a trabajar, para los que no están familiarizados con este dialecto que ha dado en llamarse “regioñol”). Esta frase, por sí sola, resume la cosmovisión entera de la cultura post-moderna. Se trata, en primer término, de evitar el ocio. Porque el Ocio, conduce al Pensamiento; el Pensamiento a la Utopía; y la Utopía a la Desdicha. Jalar, por otro lado, aún así se haga sin propósito, sólo puede producir riqueza y la riqueza, progreso, y el progreso, riqueza. No debemos, pues, perder el tiempo pensando. Por el contrario, la post-modernidad nos compele a ahorrarlo de la siguiente manera:
“—Se trata, simplemente, de trabajar más deprisa y dejar de lado todo lo inútil.” (Ende, 1973)
Trabajar más deprisa, ser más competitivos, aprender inglés, francés, computación, ¡y chino! —porque hay que ver como vienen los chinos,— subirnos al tren de la mundialización y ponernos a palear carbón en su caldera sin preguntar a dónde nos lleva.
Hay un problema, sin embargo, y es que en este tren nunca van a faltar niños que empiecen con su consabido: ¿Ya llegamos? Desatándose con este sencillo reclamo otro cuestionamiento: ¿Teníamos que llegar?, ¿a dónde? Que a su vez provoca una cascada de conflictos existenciales cuya repercusión conductual más obvia es una huelga de carboneros: —¡Me niego a echar más leña hasta que me digan a dónde carajos vamos!
Y es así como la filosofía se interpone en el camino de la post-modernidad, —y a decir de sus teóricos triunfalistas, del paraíso— por la sencilla razón de que el hombre no puede prescindir de las metanarrativas. Necesita un destino, una historia épica que confirme su razón de ser: acabar con el imperio, destruir el anillo, encontrar el grial, derribar a los gigantes aunque sólo sean molinos... se necesita una historia y, para tal efecto, la post-modernidad ha creado sus propias metanarrativas, más concretas, más específicas, que los políticos se encargan de difundir con singular alegría.
Tres de estas metanarrativas se destacan como los relatos preferidos del momento:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Que, sacadas de la novela de Orwell y llevadas a la pantalla chica, también podrían nombrarse como:
COMBATE AL TERRORISMO
LIBRE MERCADO
Y
FREE FLOW OF INFORMATION
Las cuales, según sus defensores, no son sino acciones concretas para eliminar los últimos obstáculos que se oponen al progreso post-moderno.
Si usted quiere colaborar con este progreso su labor es muy sencilla: ahorre tiempo. No lo gaste pensando ni escribiendo babosadas, —como ésta— ni leyendo ni soñando. Trabaje intensamente y compre muchas cosas —eso reactiva la economía.— Asegúrese de tener el último gadget y de ir bien vestido; será dueño del futuro y vivirá mejor. Quizá llegue a vivir en una ciudad donde el ruido sea airado y pesimista; quizá llegue a odiar su trabajo y a sus niños, —tanto, que los mandará a un centro de estimulación temprana y estudiarán inglés, violín, taekwondo, y robótica desde los tres años, para que sean tan competitivos como usted— quizá su cara se vuelva desagradable y sus ojos antipáticos; pero usted habrá vivido la vida de verdad, habrá contribuído, nada menos, a construir el paraíso consumista de las siguientes generaciones. Antes de tomar esa decisión, sin embargo—la de ahorrar tiempo— , piense en lo siguiente:
Que el tiempo es vida
y la vida reside en el corazón
y cuanto más ahorre de esto la gente, menos tendrá (Ende, 1973).
Y si aún así quiere entrarle... pues póngase a jalar.
sábado, 19 de enero de 2008
Sobre las metanarrativas.
—Tantos años haciendo callar a todos; hasta el muro se cayó.
Himnovaciones - Les Luthiers
La caída del muro de Berlín no sólo representó el fin del socialismo, sino también la inutilidad del sacrificio de millones de personas que entregaron sus vidas, voluntaria o involuntariamente, por hacer realidad esa metanarrativa. No es la ciencia, luego, quién desconfía, puesto que el socialismo se construía sobre una base “científica”. Algunos autores, sin embargo, —y quizás esa haya sido la intención de Lyotard— establecen una dicotomía entre la “ciencia” y las metanarrativas como el socialismo. La “ciencia” exacta, inexorable, obtiene comprobación directa de la historia y, puesto que el socialismo perdió la contienda, no queda más que concluir que el verdadero camino de la ciencia estaba trazado por el capitalismo y el socialismo no era más que una pantomima romántica en el mejor de los casos: “ninguna creencia o sistema es incuestionable, excepto el capitalismo” (McGuigan, 1999), “la democracia no es el estado natural de la sociedad, el mercado sí” (Ramonet, 1995; citado en Quirós, 2004); Fukuyama (1989) sugiere que estamos en presencia de “la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final del gobierno humano" lo cual, a decir de McGuigan (1999), situaría a la posmodernidad como un periodo en el que la modernidad, después de haber derrotado al oscuro enemigo comunista, puede darse tiempo de explotar su verdadero potencial para revolucionar la tecnología y la política. En todos estos sentidos, se aprecia a la post-modernidad como la continuación inevitable de lo moderno, como su natural evolución. No concuerdo con este razonamiento. Pienso, por el contrario, que la post-modernidad nace y se nutre no sólo de la desesperanza causada por el fracaso del comunismo, sino también de las promesas que la modernidad no fue capaz de cumplir. En base a estas promesas la modernidad, el capitalismo, el liberalismo y las ciencias positivistas en que se fundamentaban construyeron su propia metanarrativa, que las legitimaba. ¿En qué consistía esta metanarrativa? Nadie mejor que George Orwell (1949), para explicárnosla:
A principios del siglo XX la visión de una sociedad futura increíblemente rica, ordenada, eficaz y con tiempo para todo —un reluciente mundo antiséptico de cristal, acero y cemento, un mundo de nívea blancura— era el ideal de casi todas las personas cultas. [...]
Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó, lógicamente, que cada vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la condición humana. Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas cuantas generaciones.
Sí chucha. Y en vez de eso, el legado del progreso y las grandes máquinas fue la bomba atómica y un mundo al borde del colapso ecológico. ¿Por qué sucedió así? ¿Cómo hace la humanidad, ante tanta desesperanza, para evitar el suicidio colectivo? ¿Tiene metanarrativa la post-modernidad? No respuestas, sino dudas e inconformidades de desvelado, encontrarán ustedes en las entradas subsecuentes.
Himnovaciones - Les Luthiers
La caída del muro de Berlín no sólo representó el fin del socialismo, sino también la inutilidad del sacrificio de millones de personas que entregaron sus vidas, voluntaria o involuntariamente, por hacer realidad esa metanarrativa. No es la ciencia, luego, quién desconfía, puesto que el socialismo se construía sobre una base “científica”. Algunos autores, sin embargo, —y quizás esa haya sido la intención de Lyotard— establecen una dicotomía entre la “ciencia” y las metanarrativas como el socialismo. La “ciencia” exacta, inexorable, obtiene comprobación directa de la historia y, puesto que el socialismo perdió la contienda, no queda más que concluir que el verdadero camino de la ciencia estaba trazado por el capitalismo y el socialismo no era más que una pantomima romántica en el mejor de los casos: “ninguna creencia o sistema es incuestionable, excepto el capitalismo” (McGuigan, 1999), “la democracia no es el estado natural de la sociedad, el mercado sí” (Ramonet, 1995; citado en Quirós, 2004); Fukuyama (1989) sugiere que estamos en presencia de “la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final del gobierno humano" lo cual, a decir de McGuigan (1999), situaría a la posmodernidad como un periodo en el que la modernidad, después de haber derrotado al oscuro enemigo comunista, puede darse tiempo de explotar su verdadero potencial para revolucionar la tecnología y la política. En todos estos sentidos, se aprecia a la post-modernidad como la continuación inevitable de lo moderno, como su natural evolución. No concuerdo con este razonamiento. Pienso, por el contrario, que la post-modernidad nace y se nutre no sólo de la desesperanza causada por el fracaso del comunismo, sino también de las promesas que la modernidad no fue capaz de cumplir. En base a estas promesas la modernidad, el capitalismo, el liberalismo y las ciencias positivistas en que se fundamentaban construyeron su propia metanarrativa, que las legitimaba. ¿En qué consistía esta metanarrativa? Nadie mejor que George Orwell (1949), para explicárnosla:
A principios del siglo XX la visión de una sociedad futura increíblemente rica, ordenada, eficaz y con tiempo para todo —un reluciente mundo antiséptico de cristal, acero y cemento, un mundo de nívea blancura— era el ideal de casi todas las personas cultas. [...]
Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó, lógicamente, que cada vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la condición humana. Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas cuantas generaciones.
Sí chucha. Y en vez de eso, el legado del progreso y las grandes máquinas fue la bomba atómica y un mundo al borde del colapso ecológico. ¿Por qué sucedió así? ¿Cómo hace la humanidad, ante tanta desesperanza, para evitar el suicidio colectivo? ¿Tiene metanarrativa la post-modernidad? No respuestas, sino dudas e inconformidades de desvelado, encontrarán ustedes en las entradas subsecuentes.
jueves, 17 de enero de 2008
Sobre lo Post-moderno
Dicen los americanos
que para el año dos mil,
llegarán hasta la luna
con su torre de marfil.
Corrido de Jhonny López - Oscar Chávez
Llegaron antes, es verdad, y es por eso que esta estrofa es representativa de la manera en que la modernidad —arrastrada por su propia inercia tecnológica— se ha superado a sí misma. Pese a los conflictos que existen (siempre existen) para definir académicamente el concepto de post-modernidad, existe un acuerdo entre los autores con respecto a la tecnología como el estandarte inconfundible de la era post-moderna; sobre todo aquella tecnología que tiene que ver con el manejo y transmisión de la información y el conocimiento, desarrollada a mediados de siglo, cuya evolución y sus consecuencias no encajaron en las previsiones de los teóricos sociales de aquel entonces. Es así como se señala que son propios de la post-modernidad “los problemas de comunicación y cibernética [...] los problemas de almacenamiento de información y bases de datos [...] la telemática y el perfeccionamiento de terminales inteligentes” (Lyotard, 1979); que la post-modernidad se organiza alrededor de “nuevas tecnologías de información, comunicación y genética”(Best y Kellner, 2001); a consecuencia de lo cual —o quizá a la par de lo que— el mundo se interconecta política y económicamente en el fenómeno que se ha dado en llamar globalización.
Todo esto es indudablemente cierto, sin embargo, existe otra característica que quizá sea más representativa de la post-modernidad que las anteriores: la desesperanza. La humanidad llega a lo post-moderno después de haber sido traicionada en sus sueños más sinceros. Estos sueños, estas “metanarrativas”, dice Lyotard, han sido confrontadas por la ciencia y la ciencia “ha probado que son fábulas”. No creo que este sea el caso, por dos cosas: la primera, fue la historia y no la ciencia la que dio al traste con estas metanarrativas y, la segunda, la ciencia también creó y llevó al extremo sus propias metanarrativas. No es pues, sólo la ciencia quién desconfía de ellas, sino la humanidad entera. A la sombra de esta desconfianza, las sociedades han sido presa fácil de una especie de triunfalismo capitalista. ¿A qué nos referimos con triunfalismo capitalista? ¿Cuáles son las consecuencias culturales de éste? No se pierda la emocionante continuación de esta, por el momento, desabrida introducción.
que para el año dos mil,
llegarán hasta la luna
con su torre de marfil.
Corrido de Jhonny López - Oscar Chávez
Llegaron antes, es verdad, y es por eso que esta estrofa es representativa de la manera en que la modernidad —arrastrada por su propia inercia tecnológica— se ha superado a sí misma. Pese a los conflictos que existen (siempre existen) para definir académicamente el concepto de post-modernidad, existe un acuerdo entre los autores con respecto a la tecnología como el estandarte inconfundible de la era post-moderna; sobre todo aquella tecnología que tiene que ver con el manejo y transmisión de la información y el conocimiento, desarrollada a mediados de siglo, cuya evolución y sus consecuencias no encajaron en las previsiones de los teóricos sociales de aquel entonces. Es así como se señala que son propios de la post-modernidad “los problemas de comunicación y cibernética [...] los problemas de almacenamiento de información y bases de datos [...] la telemática y el perfeccionamiento de terminales inteligentes” (Lyotard, 1979); que la post-modernidad se organiza alrededor de “nuevas tecnologías de información, comunicación y genética”(Best y Kellner, 2001); a consecuencia de lo cual —o quizá a la par de lo que— el mundo se interconecta política y económicamente en el fenómeno que se ha dado en llamar globalización.
Todo esto es indudablemente cierto, sin embargo, existe otra característica que quizá sea más representativa de la post-modernidad que las anteriores: la desesperanza. La humanidad llega a lo post-moderno después de haber sido traicionada en sus sueños más sinceros. Estos sueños, estas “metanarrativas”, dice Lyotard, han sido confrontadas por la ciencia y la ciencia “ha probado que son fábulas”. No creo que este sea el caso, por dos cosas: la primera, fue la historia y no la ciencia la que dio al traste con estas metanarrativas y, la segunda, la ciencia también creó y llevó al extremo sus propias metanarrativas. No es pues, sólo la ciencia quién desconfía de ellas, sino la humanidad entera. A la sombra de esta desconfianza, las sociedades han sido presa fácil de una especie de triunfalismo capitalista. ¿A qué nos referimos con triunfalismo capitalista? ¿Cuáles son las consecuencias culturales de éste? No se pierda la emocionante continuación de esta, por el momento, desabrida introducción.
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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.
Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007
