lunes, 25 de febrero de 2008

Foxkozy

El espíritu de Fox anda suelto. Ayer, desde el Rancho de San Cristóbal se proyectó hasta Francia y se posesionó del cuerpo de su presidente —lo cuál refleja la fantasía de Vicente por seguir ocupando alguna presidencia, no importa de dónde—. Atacado por la presencia de tan extraño animus, Monsieur Sarkozy primero se retorció, luego sufrió espasmos y por último, incapaz de contener su lengua, vomitó las inevitables palabras:
—¡Pobre imbécil!

La frase en francés se pierde en la traducción de las agencias, pero su intención permanece; humillar a un ciudadano decente desde una posición de poder.

Un ciudadano decente porque, preocuparse por la higiene personal ante la inminencia de un político, debería ser bastante normal para cualquier persona cuerda y así debió de haberlo entendido el primer mandatario de los galos, y así deben entenderlo todos los mandatarios del mundo; hasta nuestro buen Calderón, por más que presuma de lavarse diario las manos.

Éste último, sin embargo, más caballero que Sarkozy o que Fox, no osaría llamar pobre imbécil a un simple paseante; él prefiere proponer iniciativas judiciales para reprimir las libertades civiles ¡Eso es ser un estadista, caraxo! Así ni quién le diga nada.

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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007