Y además, comprendo el placer personal intenso, fascinante, de hacerle trampas a la Historia. De romperle los cuernos a Bismarck en Sedán, o destrozar los cuadros escoceses en Waterloo. O volver a la oficina el lunes por la mañana y dirigirle al imbécil de tu jefe una sonrisa enigmática que él nunca entenderá, ignorante del momento de gloria infinita que viviste a las tres de la madrugada de ayer, cuando, tras doce horas de combate, encendiste con mano temblorosa un cigarrillo para contemplar desde el alcázar del Santísima Trinidad, entre los mástiles derribados y los pasamanos hechos astillas, como ardía la escuadra inglesa frente al cabo Trafalgar. -Los Napoleones de Fin de Semana, Reverte.
Yo soy uno de esos, un Napoleón de fin de semana. Por mis manos ya han pasado todos los age of empires, empire earths, panzer generals y starcrafts que se han producido y producirán. He comandado divisiones de infatería ligera y pesada; hoplitas, legionarios, peltastas, sagitarios; escuadrones de caballería animal y motorizada. Conozco el uso táctico de la falange y la cortina de fuego; soy perito en materia de asedios, zapa y contrazapa. He derrotado a los persas en Termópilas, a Wellington en Waterloo y a Churchil en la batalla del aire. No porque me guste sino porque tenía que hacerlo. He descubierto que en la guerra lo más importante son los recursos y quienes los producen, por eso he aprendido a diezmar a los civiles antes que a las unidades militares enemigas. He descubierto esta lógica y, cuando al final de la vorágine quedo victorioso sobre el Mamayev Kurgan viendo las espaldas de los alemanes que huyen entre la nieve, y aparece el letrero correspondiente en la pantalla, —Has ganado— me descubro nuevamente sudoroso frente a la pantalla y veo que lo que aprieto entre mis dedos no es el bastón de mariscal sino el ratón; descubro también que, si por la ventana entraba el sol, ahora es de noche y no queda sino levantarme del asiento y asombrarme con sinceridad porque nadie me palmea la espalda, o me ofrece un puro, o me organiza una recepción triunfal en Berlín por haber destruido el Tercer Reich en 6 horas con 45 minutos. No hay más que hacerse la misma pregunta estúpida de siempre: ¿Y ahora qué?
domingo, 17 de febrero de 2008
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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.
Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007

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