martes, 5 de febrero de 2008

De los enemigos de la comunicación ó “¿Pues como ha de estar templada la que vuestro amor pretende?”


Barak es un peligro para América. Así debió de haber comenzado el debate del jueves Mrs Hillary Clinton —a.k.a. “La Rubia Despechada”— Pero no. En vez de eso eligió la vía de la discusión civilizada. Para mí que lo va a lamentar. ¿Qué le costaba lanzarle unos denostativos a Obama antes del debate, para caldear un poco las cosas cuando menos? Así al menos Barak hubiera podido, en una de sus intervenciones, quejarse ante la audiencia del teatro Kodak de la siguiente manera:
—Me ha dicho Memín, me ha dicho Obama Sin Laden, me ha llamado mandilón, me ha llamado mariqueta... —y otras lindezas por el estilo.
Con la consecuente hilaridad del público. Así hubieramos tenido un debate de altura, algo que comentar en la semana. Yo, que esperaba un espectáculo sagriento, tenía preparadas mis conchitas encanto y un par de caguamas carta blanca para la ocasión. Después del primer intercambio de caricias, empero, decidí que mis carta blancas no ameritaban el fiasco y que mejor las ahorraba para el Super Bowl (¡Que estuvo con ma...! ¡hasta con el casco andaban atrapando las pelotas!). Y es que todos los medios, desde CNN hasta el Extra de Monterrey, habían prometido “chispas” entre La Rubia Peligrosa y El Negrito Sandía, pero, —¡oh, decepción!— en esta ocasión, se guardaron sus picardías y le apostaron al abrazo de Acatempan ¿Cómo puede uno trabajar así? ¿Cómo puede uno, como buen comunicólogo, polarizar la situación, tomar partido? ¿Qué van a decir las compungidas Adelas Menchas, los imparciales López Lórigas, los mesurados Carlos Marines? ¿Qué voy a decir yo en esta columna? Igual nadie la lee, pero tengo que practicar mis campañas sucias; tengo que masticar todos los datos que pueda para regurgitárselos en la cara a mis (escasos) lectores y facilitarles una toma de decisiones informada. ¿Si no, cómo voy a trabajar en Televisa un día de estos?

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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007