miércoles, 12 de marzo de 2008

Lecturas Electrónicas


Los poemas suelen ser papel mojado. —Mario Bennedetti

Dos cosas son, por lo tanto, indispensables para que el poema cobre vida: hojas y líquido de alguna especie; no importa quien ponga qué, —el lector o el autor— de lo que se trata es de fertilizar el papel. Por eso no me vengan con que los nuevos dispositivos de lectura electrónica van a desplazar a los libros de hoja y tinta; es simplemente absurdo. Quién sea que ame leer es testigo del placer incomparable que produce sentir el peso de un ladrillo de mil páginas encima de las palmas abiertas de las manos, el crujido de las hojas al dar vuelta, el olor de una página polvorosa y llena de moho, eyacular encima de la descripción de los muslos de la princesa Budur en Las Mil Noches Una Noches, dejar que la espuma de una cerveza resbale sobre un verso de Bukowski, el tap-tap de tres lágrimas cayendo sobre el epitafio de Dobby, un elfo libre, que quedan marcadas como puntos suspensivos. Y es que...

con semen,
con vino,
con nieve,
con llanto;
los poemas suelen ser
papel mojado.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me alegra volver a leerte, ya te habías tardado José. Me animo a hacerte el comentario de que he disfrutado particularmente este texto, no sé si porque me hizo recordar aquel olorcito rancio y rico que tiene uno de mis libros favoritos y que me hace disfrutar siempre sus letras.

No he leído muchos libros, pero sí he fertilizado con mis líquidos unos cuantos, y ésa es una entrañable experiencia. Gracias por ayudarme a extraer esos detalles maravillosos de mi memoria.

En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007