sábado, 23 de febrero de 2008

El videojuego como producto cultural


Proporciona un placer personal intenso, dice Reverte, eso de hacerle trampas a la historia, o de revivirla, para el caso. Todo tiene, empero, sus limitaciones. Si bien, en Age of Empires uno puede darle a Hernán Cortés cien Noches Tristes —¡qué bien se siente, por cierto!— y en Panzer General o en Empire Earth Hitler conquista el mundo con un poco de nuestra ayuda; todavía me falta ver el videojuego dónde pueda personificar al general Giap para darle en su máuser a los franceses en Ben Dien Phu, y perseguir al USA Army por todo Vietnam. Tampoco estaría mal otro que reviviera Bahía de Cochinos, o uno de Iraq que consista en organizar misiones suicidas en contra de los Abrahams o Bradleys que atraviesen la pantalla. No hay uno dónde jugar a que se es Sandino, o Fidel, o el Ché; ni tampoco uno dónde Salvador Allende tenga como misión escapar del Palacio de la Moneda, Kalashnikov en mano, disparándole a cientos de zombies y gorilas uniformados en el recorrido. No hay uno de Zaragoza ganando el 5 de Mayo, ni uno que represente la heroica defensa de Siracusa en contra de los atenienses. Ojalá los desarrolladores se pongan las pilas y nos proporcionen algo de lo arriba mencionado. Age of Anti-Empires, sugiero que le pongan como título. Sinceramente no creo que haya problemas con la demanda.

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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007