
Harry Potter y todos sus personajes y elementos relacionados son marcas registradas propiedad de Warner Brothers.
Es la leyenda que aparece —palabras más, palabras menos— en las páginas de presentación de cada uno de los libros de Harry Potter. Me pregunto que diría Dobby de eso; él, que murió por ser un elfo libre, atado a un contrato de privacidad con la más grande corporación mediática de la época. Yo, personalmente, preferiría servir en las filas de Lord Voldemort. Pero a eso es a lo que nos exponemos en un mundo con pocos lectores, y dónde la literatura es —cada día más— un negocio poco redituable. Me pregunto que pasará si sólo las grandes corporaciones llegaran a controlar el mercado editorial. Sería el infierno: imagínense una librería llena de títulos de Carlos Cuahutémoc Sánchez y Miguel Angel Cornejo... desaparecería El Capital, o se le cambiarían palabras... Chomsky, que ya de por sí no tiene espacio ni en radio ni en televisión, desaparecería también de las estanterías... Gramsci, Habermasss, Lacan; a la basura, —y éste último quizás no me importaría tanto— en fin; no creo que necesite describir más el espectro de la tragedia. Para evitarla habría que acabar con la tendencia a aumentar el privilegio de los derechos de los productores por encima de los autores. Eso y leer; mucho y de todo. Y sólo para que quede constancia de que Dobby no murió en vano aquí repito su nombre: Dobby, Dobby, Dobby. Y sin permiso de la Warner, quihubo.
Es la leyenda que aparece —palabras más, palabras menos— en las páginas de presentación de cada uno de los libros de Harry Potter. Me pregunto que diría Dobby de eso; él, que murió por ser un elfo libre, atado a un contrato de privacidad con la más grande corporación mediática de la época. Yo, personalmente, preferiría servir en las filas de Lord Voldemort. Pero a eso es a lo que nos exponemos en un mundo con pocos lectores, y dónde la literatura es —cada día más— un negocio poco redituable. Me pregunto que pasará si sólo las grandes corporaciones llegaran a controlar el mercado editorial. Sería el infierno: imagínense una librería llena de títulos de Carlos Cuahutémoc Sánchez y Miguel Angel Cornejo... desaparecería El Capital, o se le cambiarían palabras... Chomsky, que ya de por sí no tiene espacio ni en radio ni en televisión, desaparecería también de las estanterías... Gramsci, Habermasss, Lacan; a la basura, —y éste último quizás no me importaría tanto— en fin; no creo que necesite describir más el espectro de la tragedia. Para evitarla habría que acabar con la tendencia a aumentar el privilegio de los derechos de los productores por encima de los autores. Eso y leer; mucho y de todo. Y sólo para que quede constancia de que Dobby no murió en vano aquí repito su nombre: Dobby, Dobby, Dobby. Y sin permiso de la Warner, quihubo.

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