miércoles, 12 de marzo de 2008

Industria Editorial


Harry Potter y todos sus personajes y elementos relacionados son marcas registradas propiedad de Warner Brothers.

Es la leyenda que aparece —palabras más, palabras menos— en las páginas de presentación de cada uno de los libros de Harry Potter. Me pregunto que diría Dobby de eso; él, que murió por ser un elfo libre, atado a un contrato de privacidad con la más grande corporación mediática de la época. Yo, personalmente, preferiría servir en las filas de Lord Voldemort. Pero a eso es a lo que nos exponemos en un mundo con pocos lectores, y dónde la literatura es —cada día más— un negocio poco redituable. Me pregunto que pasará si sólo las grandes corporaciones llegaran a controlar el mercado editorial. Sería el infierno: imagínense una librería llena de títulos de Carlos Cuahutémoc Sánchez y Miguel Angel Cornejo... desaparecería El Capital, o se le cambiarían palabras... Chomsky, que ya de por sí no tiene espacio ni en radio ni en televisión, desaparecería también de las estanterías... Gramsci, Habermasss, Lacan; a la basura, —y éste último quizás no me importaría tanto— en fin; no creo que necesite describir más el espectro de la tragedia. Para evitarla habría que acabar con la tendencia a aumentar el privilegio de los derechos de los productores por encima de los autores. Eso y leer; mucho y de todo. Y sólo para que quede constancia de que Dobby no murió en vano aquí repito su nombre: Dobby, Dobby, Dobby. Y sin permiso de la Warner, quihubo.

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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007