martes, 29 de enero de 2008

Terrorismo y Dependencia 2


Terrorismo: Cualquier acto [...] destinado a causar la muerte o lesiones corporales graves a un civil o a un no combatiente, cuando el propósito de dicho acto, por su naturaleza o contexto, sea intimidar a una población u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar una acción o abstenerse de hacerla. (ONU, 2004)

Luego entonces, Ahmed y Aziz pueden ser llamados terroristas, y seguirán siendo considerados tales en tanto no añadan a sus cohetes miAlegría un dispositivo de navegación capaz de encontrar la chimenea de la casa donde vive Ehud Barak. Mientras eso no suceda, la totalidad de la población israelí corre el grave peligro de morir de risa en caso de avistar alguno de los citados armatostes; tanto así dan pena ó, como diría Germán Dehesa, “matan del puro fierrazo”. Pero bueno, son actos destinados a causar la muerte o lesiones graves a un civil o a un no combatiente, con el propósito de obligar a un gobierno a realizar una acción o a abstenerse de hacerla. Qué decir, sin embargo, de los aviones israelíes que constantemente patrullan la franja de Gaza a velocidades supersónicas, o de las bombas que tiran en medio de las peregrinaciones y los funerales, ¿son atentados terroristas? De ninguna manera. Son, a decir de la comunidad occidental, ataques quirúrgicos, aunque, lo que es a mí, no me presenten a ese cirujano, que parece que, en vez de bisturí, trabaja con un hacha.

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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007