sábado, 19 de enero de 2008

Sobre las metanarrativas.

—Tantos años haciendo callar a todos; hasta el muro se cayó.
Himnovaciones - Les Luthiers



La caída del muro de Berlín no sólo representó el fin del socialismo, sino también la inutilidad del sacrificio de millones de personas que entregaron sus vidas, voluntaria o involuntariamente, por hacer realidad esa metanarrativa. No es la ciencia, luego, quién desconfía, puesto que el socialismo se construía sobre una base “científica”. Algunos autores, sin embargo, —y quizás esa haya sido la intención de Lyotard— establecen una dicotomía entre la “ciencia” y las metanarrativas como el socialismo. La “ciencia” exacta, inexorable, obtiene comprobación directa de la historia y, puesto que el socialismo perdió la contienda, no queda más que concluir que el verdadero camino de la ciencia estaba trazado por el capitalismo y el socialismo no era más que una pantomima romántica en el mejor de los casos: “ninguna creencia o sistema es incuestionable, excepto el capitalismo” (McGuigan, 1999), “la democracia no es el estado natural de la sociedad, el mercado sí” (Ramonet, 1995; citado en Quirós, 2004); Fukuyama (1989) sugiere que estamos en presencia de “la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final del gobierno humano" lo cual, a decir de McGuigan (1999), situaría a la posmodernidad como un periodo en el que la modernidad, después de haber derrotado al oscuro enemigo comunista, puede darse tiempo de explotar su verdadero potencial para revolucionar la tecnología y la política. En todos estos sentidos, se aprecia a la post-modernidad como la continuación inevitable de lo moderno, como su natural evolución. No concuerdo con este razonamiento. Pienso, por el contrario, que la post-modernidad nace y se nutre no sólo de la desesperanza causada por el fracaso del comunismo, sino también de las promesas que la modernidad no fue capaz de cumplir. En base a estas promesas la modernidad, el capitalismo, el liberalismo y las ciencias positivistas en que se fundamentaban construyeron su propia metanarrativa, que las legitimaba. ¿En qué consistía esta metanarrativa? Nadie mejor que George Orwell (1949), para explicárnosla:

A principios del siglo XX la visión de una sociedad futura increíblemente rica, ordenada, eficaz y con tiempo para todo —un reluciente mundo antiséptico de cristal, acero y cemento, un mundo de nívea blancura— era el ideal de casi todas las personas cultas. [...]
Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó, lógicamente, que cada vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la condición humana. Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas cuantas generaciones.

Sí chucha. Y en vez de eso, el legado del progreso y las grandes máquinas fue la bomba atómica y un mundo al borde del colapso ecológico. ¿Por qué sucedió así? ¿Cómo hace la humanidad, ante tanta desesperanza, para evitar el suicidio colectivo? ¿Tiene metanarrativa la post-modernidad? No respuestas, sino dudas e inconformidades de desvelado, encontrarán ustedes en las entradas subsecuentes.

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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007