Pónganse a jalar - Frase popular regiomontana.
Pónganse a jalar (a trabajar, para los que no están familiarizados con este dialecto que ha dado en llamarse “regioñol”). Esta frase, por sí sola, resume la cosmovisión entera de la cultura post-moderna. Se trata, en primer término, de evitar el ocio. Porque el Ocio, conduce al Pensamiento; el Pensamiento a la Utopía; y la Utopía a la Desdicha. Jalar, por otro lado, aún así se haga sin propósito, sólo puede producir riqueza y la riqueza, progreso, y el progreso, riqueza. No debemos, pues, perder el tiempo pensando. Por el contrario, la post-modernidad nos compele a ahorrarlo de la siguiente manera:
“—Se trata, simplemente, de trabajar más deprisa y dejar de lado todo lo inútil.” (Ende, 1973)
Trabajar más deprisa, ser más competitivos, aprender inglés, francés, computación, ¡y chino! —porque hay que ver como vienen los chinos,— subirnos al tren de la mundialización y ponernos a palear carbón en su caldera sin preguntar a dónde nos lleva.
Hay un problema, sin embargo, y es que en este tren nunca van a faltar niños que empiecen con su consabido: ¿Ya llegamos? Desatándose con este sencillo reclamo otro cuestionamiento: ¿Teníamos que llegar?, ¿a dónde? Que a su vez provoca una cascada de conflictos existenciales cuya repercusión conductual más obvia es una huelga de carboneros: —¡Me niego a echar más leña hasta que me digan a dónde carajos vamos!
Y es así como la filosofía se interpone en el camino de la post-modernidad, —y a decir de sus teóricos triunfalistas, del paraíso— por la sencilla razón de que el hombre no puede prescindir de las metanarrativas. Necesita un destino, una historia épica que confirme su razón de ser: acabar con el imperio, destruir el anillo, encontrar el grial, derribar a los gigantes aunque sólo sean molinos... se necesita una historia y, para tal efecto, la post-modernidad ha creado sus propias metanarrativas, más concretas, más específicas, que los políticos se encargan de difundir con singular alegría.
Tres de estas metanarrativas se destacan como los relatos preferidos del momento:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Que, sacadas de la novela de Orwell y llevadas a la pantalla chica, también podrían nombrarse como:
COMBATE AL TERRORISMO
LIBRE MERCADO
Y
FREE FLOW OF INFORMATION
Las cuales, según sus defensores, no son sino acciones concretas para eliminar los últimos obstáculos que se oponen al progreso post-moderno.
Si usted quiere colaborar con este progreso su labor es muy sencilla: ahorre tiempo. No lo gaste pensando ni escribiendo babosadas, —como ésta— ni leyendo ni soñando. Trabaje intensamente y compre muchas cosas —eso reactiva la economía.— Asegúrese de tener el último gadget y de ir bien vestido; será dueño del futuro y vivirá mejor. Quizá llegue a vivir en una ciudad donde el ruido sea airado y pesimista; quizá llegue a odiar su trabajo y a sus niños, —tanto, que los mandará a un centro de estimulación temprana y estudiarán inglés, violín, taekwondo, y robótica desde los tres años, para que sean tan competitivos como usted— quizá su cara se vuelva desagradable y sus ojos antipáticos; pero usted habrá vivido la vida de verdad, habrá contribuído, nada menos, a construir el paraíso consumista de las siguientes generaciones. Antes de tomar esa decisión, sin embargo—la de ahorrar tiempo— , piense en lo siguiente:
Que el tiempo es vida
y la vida reside en el corazón
y cuanto más ahorre de esto la gente, menos tendrá (Ende, 1973).
Y si aún así quiere entrarle... pues póngase a jalar.
Pónganse a jalar (a trabajar, para los que no están familiarizados con este dialecto que ha dado en llamarse “regioñol”). Esta frase, por sí sola, resume la cosmovisión entera de la cultura post-moderna. Se trata, en primer término, de evitar el ocio. Porque el Ocio, conduce al Pensamiento; el Pensamiento a la Utopía; y la Utopía a la Desdicha. Jalar, por otro lado, aún así se haga sin propósito, sólo puede producir riqueza y la riqueza, progreso, y el progreso, riqueza. No debemos, pues, perder el tiempo pensando. Por el contrario, la post-modernidad nos compele a ahorrarlo de la siguiente manera:
“—Se trata, simplemente, de trabajar más deprisa y dejar de lado todo lo inútil.” (Ende, 1973)
Trabajar más deprisa, ser más competitivos, aprender inglés, francés, computación, ¡y chino! —porque hay que ver como vienen los chinos,— subirnos al tren de la mundialización y ponernos a palear carbón en su caldera sin preguntar a dónde nos lleva.
Hay un problema, sin embargo, y es que en este tren nunca van a faltar niños que empiecen con su consabido: ¿Ya llegamos? Desatándose con este sencillo reclamo otro cuestionamiento: ¿Teníamos que llegar?, ¿a dónde? Que a su vez provoca una cascada de conflictos existenciales cuya repercusión conductual más obvia es una huelga de carboneros: —¡Me niego a echar más leña hasta que me digan a dónde carajos vamos!
Y es así como la filosofía se interpone en el camino de la post-modernidad, —y a decir de sus teóricos triunfalistas, del paraíso— por la sencilla razón de que el hombre no puede prescindir de las metanarrativas. Necesita un destino, una historia épica que confirme su razón de ser: acabar con el imperio, destruir el anillo, encontrar el grial, derribar a los gigantes aunque sólo sean molinos... se necesita una historia y, para tal efecto, la post-modernidad ha creado sus propias metanarrativas, más concretas, más específicas, que los políticos se encargan de difundir con singular alegría.
Tres de estas metanarrativas se destacan como los relatos preferidos del momento:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Que, sacadas de la novela de Orwell y llevadas a la pantalla chica, también podrían nombrarse como:
COMBATE AL TERRORISMO
LIBRE MERCADO
Y
FREE FLOW OF INFORMATION
Las cuales, según sus defensores, no son sino acciones concretas para eliminar los últimos obstáculos que se oponen al progreso post-moderno.
Si usted quiere colaborar con este progreso su labor es muy sencilla: ahorre tiempo. No lo gaste pensando ni escribiendo babosadas, —como ésta— ni leyendo ni soñando. Trabaje intensamente y compre muchas cosas —eso reactiva la economía.— Asegúrese de tener el último gadget y de ir bien vestido; será dueño del futuro y vivirá mejor. Quizá llegue a vivir en una ciudad donde el ruido sea airado y pesimista; quizá llegue a odiar su trabajo y a sus niños, —tanto, que los mandará a un centro de estimulación temprana y estudiarán inglés, violín, taekwondo, y robótica desde los tres años, para que sean tan competitivos como usted— quizá su cara se vuelva desagradable y sus ojos antipáticos; pero usted habrá vivido la vida de verdad, habrá contribuído, nada menos, a construir el paraíso consumista de las siguientes generaciones. Antes de tomar esa decisión, sin embargo—la de ahorrar tiempo— , piense en lo siguiente:
Que el tiempo es vida
y la vida reside en el corazón
y cuanto más ahorre de esto la gente, menos tendrá (Ende, 1973).
Y si aún así quiere entrarle... pues póngase a jalar.

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