lunes, 28 de enero de 2008

Sobre Terrorismo y Dependencia Informativa


terrorismo.
1. m. Dominación por el terror.
2. m. Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror.

La definición es del Diccionario de la Real Academia Española; académicamente exacta, pragmáticamente inaplicable. De acuerdo con ella, la conducta de mi madre cuando, paleta en mano, me perseguía por la casa después de alguna travesura, califica como acto terrorista.
Que era una sucesión de actos es indiscutible, conformado a saber por: A) un insulto —¡Ahora sí, aborto de play-movil, ya la hiciste buena! —, seguido de B) una amenaza —¡Te acabas de ganar un masaje reconstructivo en las nalgas! —, todo lo cual culminaba indefectiblemente con C) la aplicación inmisericorde de la acción disciplinaria, que era así como la llamaba ella —¡esto me duele más a mi que a ti! —, que después del conejo de pascua y la castidad de Norberto Rivera se me hace la mentira más grande del mundo. Todo esto con el objetivo de infundir terror en el perseguido, —¡presente!— con el fin muy reprobable (que finalmente se salió con la suya en eso) de educarme para hacer de mi un ciudadano respetable. Afortunadamente para mi madre, los tratados internacionales no contemplan el criterio de la Real Academia Española, y pese a mi fantasía de verla comparecer ante el tribunal de La Haya, es bajo otras definiciones con las que Israel y Estados Unidos persiguen a Hamed y a Aziz, les tiran bombas y les apagan la luz, so pretexto de que estos chicuelos acostumbran arrojar por encima de la barda del vecino peligrosos artefactos explosivos hechos con papel aluminio, chicle bombita, un verso yucateco y media docena de palomitas —de las triangulares, de periódico— hechas en China. ¿Qué tiene que ver esto con la Comunicación, las teorías de Dependencia y las Tecnologías de Información? No se pierda el próximo capítulo etc... etc...

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En las tupidas selvas de Malasia fue que me topé con el monstruo. Lo enfrenté valientemente —no podía esperar menos de mí— pero pese a todos mis esfuerzos, el fuego de mis armas no lo dañaba. Cuando se acabó la munición la emprendí a golpes con él; más daño le hicieron un par de mentadas, que no sé si comprendió, y me vi precisado a efectuar una retirada estratégica (ojo, no fue una huída). Escondíme en lo recóndito de la selva, pero el bruto tenía visión infrarroja, y como siempre he sido muy calientón, —a según me han dicho dos que tres novias— no tenía ninguna dificultad en encontrarme. Decidido a seguir luchando hasta la muerte, me metí en un río, en parte porque me gusta estar limpio cuando peleo, en parte porque pensé que era por el olor por lo que me seguía el rastro. El monstruo se acercó hasta casi tocarme, no obstante, parecía confundido, —fue entonces que descubrí lo de la visión infrarroja... lo cual prueba que no soy sólo un saco de músculos— situación que aproveché para alejarme y cubrirme con lodo para disminuir mi temperatura corporal de manera estable mientras me retiraba para prepararme y combatir otro día. Poco tiempo después pude matar a la mala bestia y, además, gracias al lodo, mi piel quedo lisita y libre de espinillas.

Así Me Escapé del Depredador

Así Me Escapé del Depredador
Diciembre 2007