La mujer siente una gran paz al ver la sonrisa de Layla. Hace un esfuerzo para hablar.
—Monste. Me llamo Montse.
—Monste. Me llamo Montse.
Mira si yo te querré. Luis Leante.
La respuesta me llegó en la edición del 20 de mayo de “La Jornada” El titular decía “Hoy cumple 35 años el frente Polisario”
La pregunta me había llegado un par de días antes, a las dos de la madrugada del domingo, mientras mis ojos se adaptaban a las nuevas palabras y mi imaginación hacía piruetas para construir imágenes visuales de lo que eran las jaimas, las melfas, las derrahas y las darías, mezclando todo eso, además, con unos cuantos millones de arrobas de arena y piedras en medio del desierto más grande del mundo, a dónde el cabo Santiago San Román se había desterrado voluntariamente con la esperanza de que el sol le cauterizara el recuerdo de una mujer.
Siempre es una mujer.
A la par de la nostalgia del cabo San Román, Francisco Franco se debilita. Puesto a conseguir dinero con que pagar sus últimas diálisis, —se dice que la orina ya le llegaba hasta el cerebro— decide venderle a Marruecos una porción del Sahara.
—Cómo está mi rey, acá el caudillo, el generalísimo, su mero mero cocotero... ¿Cuánto por el desierto?...ajá, ajá... sí, cómo no, con todos los servicios incluídos, excepto, claro, el agua; esa la pone usted.... ajá.... que me place tío, es todo suyo... por los saharahuis no se preocupe yo, ¡auch! me encargo de ellos. Si no es nada majo, sólo que me estaban poniendo mi enema de las seis de la tarde. Vale.
35 años después, los saharauis aún no recuperan su tierra que, además, es sólo y sólo eso: tierra. Arena y piedras sin árboles ni agua, pero que ellos sienten como suyas. Lugares propicios sólo para que los escorpiones se reproduzcan y también para la extracción de fosfatos, material muy codiciado en la elaboración de detergentes.
La respuesta me llegó en la edición del 20 de mayo de “La Jornada” El titular decía “Hoy cumple 35 años el frente Polisario”
La pregunta me había llegado un par de días antes, a las dos de la madrugada del domingo, mientras mis ojos se adaptaban a las nuevas palabras y mi imaginación hacía piruetas para construir imágenes visuales de lo que eran las jaimas, las melfas, las derrahas y las darías, mezclando todo eso, además, con unos cuantos millones de arrobas de arena y piedras en medio del desierto más grande del mundo, a dónde el cabo Santiago San Román se había desterrado voluntariamente con la esperanza de que el sol le cauterizara el recuerdo de una mujer.
Siempre es una mujer.
A la par de la nostalgia del cabo San Román, Francisco Franco se debilita. Puesto a conseguir dinero con que pagar sus últimas diálisis, —se dice que la orina ya le llegaba hasta el cerebro— decide venderle a Marruecos una porción del Sahara.
—Cómo está mi rey, acá el caudillo, el generalísimo, su mero mero cocotero... ¿Cuánto por el desierto?...ajá, ajá... sí, cómo no, con todos los servicios incluídos, excepto, claro, el agua; esa la pone usted.... ajá.... que me place tío, es todo suyo... por los saharahuis no se preocupe yo, ¡auch! me encargo de ellos. Si no es nada majo, sólo que me estaban poniendo mi enema de las seis de la tarde. Vale.
35 años después, los saharauis aún no recuperan su tierra que, además, es sólo y sólo eso: tierra. Arena y piedras sin árboles ni agua, pero que ellos sienten como suyas. Lugares propicios sólo para que los escorpiones se reproduzcan y también para la extracción de fosfatos, material muy codiciado en la elaboración de detergentes.

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